Teodosio e Hispanidad

Teodosio e Hispanidad: Podría pensarse que términos tan dispares como estos no guardan más relación que el sobrenombre de este emperador romano, ya fuese con motivo de su padre, hispano originario de Galaecia; de las tierras natales de Teodosio (Cauca, Segovia) o bien del tiempo que el futuro emperador dedicó a la administración de sus tierras en Hispania tras la muerte de su padre.

Sin embargo, siguiendo a García Morente en sus Ideas para una filosofía de la historia de España, la Hispanidad no es una realidad que surge repentinamente en 1492 con motivo de la expansión peninsular. Siglos atrás, en el periodo comprendido entre los últimos decenios del imperio romano y la España visigótica, comienza lo que el filósofo bautizó como «preparación» de la Hispanidad.

Cobra un mayor sentido hablar de Teodosio e Hispanidad al comparar los grandes hitos vitales del emperador hispano con la síntesis realizada por Morente: «Los avances de la religión cristiana durante los últimos tiempos del Imperio Romano fueron tan considerables en la península ibérica, que los visigodos ya se encontraron con una población cristianizada. La fraternidad de los cristianos contribuyó como palanca fortísima a unir lo disperso, y a iniciar una conciencia común en la península».

La preparación de la Hispanidad en los siglos precedentes a la invasión islámica de España la atestigua precisamente este avance del cristianismo peninsular desde el tardoimperio. Un avance que encuentra en Teodosio uno de sus grandes impulsores, sin olvidar otras figuras destacadas como Aurelio Clemente Prudencio, Osio de Córdoba o San Lorenzo, entre otros (Bárcena, 2018). Pero, ¿quién era Teodosio, emperador hispano?

Teodosio, el emperador hispano

Teodosio es un personaje controvertido en las referencias, y ya desde su nacimiento muestra dificultades para su localización (Cabañero, 2018). No obstante, los grandes especialistas en su figura –entre ellos el mismo Cabañero–, coinciden en que el emperador hispano es originario de Cauca –actual Coca, Segovia– (Bravo) y que su nacimiento tuvo lugar un día como hoy, 11 de enero del año 347.

Teodosio, también llamado «el Grande», nació en una familia aristocrática de origen hispano (Galaecia-Cauca). Tras la muerte de su padre, Teodosio Flavio, prestigioso militar y pacificador del limes imperial frente a los bárbaros en Britania (367-368), abandonó una prometedora carrera política y militar, para dedicarse a la administración de sus posesiones en su tierra natal de Cauca.

La suerte de Teodosio cambiaría drásticamente tras la derrota romana de Adrianópolis en el 378, cuando sus dotes estratégicas serían demandadas por las más altas autoridades del imperio. El año siguiente, el 19 de enero del año 379, Graciano lo elevaría a dignidad imperial como augusto de oriente tras sus continuados éxitos militares.

Artífice de la Unidad Católica

Para Gonzalo Bravo, –uno de los máximos referentes contemporáneos en la Roma antigua–, la relación entre Teodosio y el cristianismo es tan estrecha que es justo definirle como Último emperador romano y primer emperador católico (La esfera de los libros, 2010).

Desde mediados del siglo IV, el fenómeno de las herejías comenzó a debilitar un cristianismo creciente en el imperio  desde el cese de las persecuciones tras el edicto de Milán (Constantino, 313). Al arrianismo promovido por el presbítero Arrio de Alejandría (256-336), se añadieron otras herejías, como la de Apolinar y Macedonio, junto con el priscilianismo, el subordinacionismo, el adopcionismo, o el nestorianismo.

El imperio en defensa de la fe

En esta encrucijada para la fe cristiana y el imperio, poder temporal (residente en el emperador Teodosio) y espiritual (en el papa –también hispano– Dámaso) convocaron en el año 381 un concilio en Constantinopla para hacer frente a la herejía y reafirmar los dogmas y verdades de fe definidos hasta la fecha.

Un hito clave en la preparación de la hispanidad, en el que ambos líderes hicieron patente las palabras que pronunciaría siglos más tarde el Sumo Pontífice León XIII, al considerar «necesario» que «entre ambas potestades exista una ordenada relación unitiva, comparable a la que se da en el hombre entre el alma y el cuerpo». Tras el Concilio, se promulgó el símbolo Niceno-Constantinopolitano, se reafirmó la divinidad de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo y se anatemizaron las herejías existentes.

Religión oficial del imperio

Siguiendo a Cantera y Bárcena, si la raíz de la Hispanidad se encuentra en la Unidad Católica anunciada en el III Concilio de Toledo (589), no es descabellado incluir a Teodosio como padre –remoto, si se quiere– de esta Unidad. Pese a no existir formalmente la realidad nacional «España», nos encontramos en los antecedentes inmediatos, cuya preparación fue asentada indudablemente por Teodosio.

Constantinopla no fue sino la continuación de un programa religioso bien definido. Un año antes, en el 380, el emperador publicó el Edicto de Tesalónica, más conocido como el célebre Cunctos pópulos, que se transcribe al final de este artículo, y que decretaba la fe católica como oficial del imperio.

Cuestión de interés en este punto es la de delimitar si con el edicto de Tesalónica, Teodosio delimitó un Estado Confesional o la Unidad Católica del imperio, ya que no hay un consenso entre los investigadores, ya sea por falta de acuerdo o por el uso indistinto de ambos términos. De este modo, si el paso del Edicto de Milán al de Tesalónica es definido por Orlandis (1998, Palabra) como el paso de la libertad religiosa a la Unidad Católica, Martín Hernández y Martín de la Hoz (Palabra, 2009) se refieren a Tesalónica como el documento artífice del Estado Confesional.

¿Estado Confesional o Unidad Católica?

En este debate, ponen luz al respecto tres pensadores contemporáneos de referencia. Santiago Cantera expone en su Hispania Spania como el rey Égica en el año 694 expone en el XVII Concilio de Toledo que «es cosa cierta y sabida que las tierras de España florecieron siempre por la plenitud de la fe».

Un discurso sacado a colación de definir precisamente esa Unidad Católica, y como el IV Concilio de Toledo (633) es un paradigma: Se reafirma la fe de la Iglesia y su profesión en España, y se llama a guardar un mismo modo de orar, una unidad litúrgica dentro de las fronteras, y unas mismas costumbres en los cánticos y misterios sagrados. «Aquí esta descrita a la perfección», explica Cantera, «esa realidad que con tanto acierto ha sido denominada Unidad Católica de España».

Profundizando en este debate, Alberto Bárcena en La Pérdida de España (Tomo I) rescata a Ayuso, quien afirma que la Unidad Católica «excede del Estado Confesional, de progenie protestante, pues este se afirma como proyección de una fe producida o adoptada por un Estado, mientras –la Unidad Católica– reconoce los derechos del Dios verdadero en la sociedad bien constituida». El edicto de Tesalónica, es, de hecho, el documento que ratificaba la primera unidad católica de la historia.

Teodosio, cuna de la Hispanidad

Sea como fuere, el programa religioso de Teodosio convierte al emperador en uno de los padres remotos de la Hispanidad (con todos los matices necesarios y con una franja de tiempo significativa desde Cunctos populos en el 380 hasta el III Concilio de Toledo y el bautismo de España en el 589).

A Teodosio no le bastó con reafirmar la fe en Constantinopla, asestar un duro golpe a la herejía y establecer la Unidad Católica del imperio en Tesalónica. Su programa religioso excedía los formalismos, lo que le llevó a continuar su campaña contra la herejía y el paganismo.

Entre el 384 y el 388, confiscó los lugares de culto de los herejes y prohibió su propaganda religiosa (José María Blázquez). Poco después, en el 390 se convocó un nuevo concilio en Zaragoza para condenar los errores de los Priscilianos. Un año más tarde, prohibió terminantemente sacrificar víctimas a deidades paganas, lo que supuso una herida de muerte del paganismo en el imperio. El 392 sería la sentencia definitiva del paganismo, tras la condena de Teodosio a todo tipo de sacrificio y la prohibición del culto.

La división del imperio

En el momento de su muerte (395), la última medida en vida del emperador por perpetuar su dinastía y la estabilidad del imperio fue la conocida división de Roma en el imperio de Oriente y Occidente, dejando al frente del mismo a sus dos hijos, Arcadio y Honorio, respectivamente.

Cunctos Pópulos

«Queremos que todos los pueblos regidos por nuestra clemencia y templanza profesen la religión que el divino apóstol pedro enseño a los romanos, como lo declara la fe que él mismo nos anunció y profesan el pontífice Dámaso y Pedro de Alejandría, obispo de apostólica santidad. Mandamos que los que siguen esta ley tomen el nombre de cristianos católicos. Los demás son unos dementes y unos malvados, y mandamos que lleven siempre la vergüenza de la herejía, y que sus conciliábulos no reciban el nombre de iglesias y sean alcanzados por la venganza divina, y también por nuestra acción vindicativa que hemos emprendido por inspiración del cielo».

José María Carrera

Información adicional:

Gonzalo Bravo, autor de Teodosio, Último emperador de Roma, primer emperador católico: http://www.esferalibros.com/libro/teodosio/ I

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